Mi vida en Valladolid VI
Mi horario bancario era de 9 a 2 por la mañana y de 4 a 7 por la tarde. Así que a las 8 de la mañana asistía a clases de Álgebra Financiera. El primer día el profesor cubrió en 5 minutos la pizarra con la división por A-1. Ninguno de los que estábamos allí teníamos ni idea de aquello que se explicaba a gran velocidad sin pausas como si repasásemos algo que debíamos tener aprendido de años atrás. La decepción fue enorme al pensar que sería incapaz de seguir aquellos díficilísimos estudios. Más adelante la realidad se impuso al comprobar lo fácil que era todo aquello.
La jornada diaria era de 11 o 12 horas, considerando que a las ocho de la noche asistía a clases de Alemán que terminaban a las 9, cuando había comenzado a las 8 de la mañana.
Fueron años de grandes esfuerzos y dificultades que sólo la firme voluntad de llegar a ser Profesor Mercantil podía superarlas,
Las dificultades económicas no eran menores. Había una asignatura denominada Ensayos y Valoraciones de Productos Comerciales, donde se analizaba en un laboratorio la riqueza de alcohol de un vino, la densidad en grasa de un aceite, o la ley y riqueza en oro, plata etc. Pues bien, los alumnos libres no podíamos pasarla si no asistíamos al laboratorio del Auxiliar de la asignatura. Yo lo hice un verano pagando 400 pesetas mensuales cuando mis haberes no pasaban en el banco de 250 también al mes. Era un abuso, pero no había otro medio de pasarla.
Más adelante hablaré del Catedrático de esta asignatura que era una persona de noble condición y sacrificado con sus alumnos, por lo que siempre dudé que tuviera conocimiento de los tejemanejes de su Auxiliar.
Lo cierto es que sin perder curso, estudiando en invierno y verano, pude terminar la Carrera siempre con nota, y sin un solo Aprobado raso. Ni qué decir tiene que siempre me he sentido muy orgulloso de ello sin contar la gran confianza en mí mismo que tal epopeya me había proporcionado. Muchos años más tarde mi hijo Jorge que seguía un Master al mismo tiempo que trabajaba. me expuso sus dudas de terminarlo, le apoyé y animé a que siguiera “aunque le costase la vida”. Antes de terminarlo felizmente, ya la Empresa le había asignado una suculenta subida en sus haberes.
Ya antes dije que había ingresado en la Congregación Mariana de los Jesuitas.
Mientras se estudiaba Bachillerato se pertenecía a los Kotskas y al comenzar
En la Universidad o Profesorado de Comercio se pasaba a los Luises, bajo el patronato de San Luis Gonzaga.
La única obligación era asistir a la Misa de la Congregación que tenía lugar los Domingos a las 9 de la mañana. Cuando fui por primera vez me llamó mucho la atención que todos eran hombres entre 20 y 30 años. Un total de 80 o 100. Pero más aún me llamó la atención que llegada la hora de la Comunión, todos, sin excepción, se acercaron al Altar. Aquello me parecía imposible quizá por que mi virtud no alcanzaba tales cotas.
Los Domingos siguientes pasó exactamente igual, y aquel ejemplo me sirvió para que después de muchos esfuerzos me llegara a considerar uno de ellos.
La biblioteca de la Congre “así la llamábamos”, una gran sala de 60/70 metros con vitrinas en las paredes llenas de libros de texto de todas las Carreras y de huesos para los estudiantes de Medicina. Estaba siempre llena de estudiantes que pasaban largas horas con sus libros, que alargaban hasta las mañanas de los domingos.
El alma de aquella obra era el Padre Arregui, un santo hombre a la que había dedicado su heredada fortuna. Contaba o cuenta también con sala de cine y campo de deportes, salas de billares y juegos, capilla etc.
Aquel ejemplo fue lo que me decidió a estudiar Profesorado, a pesar de carecer de tiempo material para ello.

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