viernes, 18 de abril de 2008

Mi vida en Melilla I

MI VIDA EN MELILLA I
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Allá por el mes de Marzo de 1943 acudieron mi padre y madre, apesadumbrados, a despedirme a la estación del ferrocarril de Valladolid. Eramos más de mil, cargados en vagones de mercancías, apiñados, en un tren con destino a Cádiz.
La duración del viaje fue de dos días. Había con gran frecuencia que parar y dejar paso a los trenes ordinarios de viajeros y mercancías.
En la estación de Valladolid todo era cantos y bromas pero a medida que el tren avanzaba esa ficticia valentona alegría se fue diluyendo y aparecían rostros, unos de tristeza y otros serios, todos con preocupación ante lo incierto que el porvenir nos deparaba.
Nuestra única comida en aquellos dos días fue pan y latas de sardinas. El cabreo era tal y en increscendo, que algunos se dedicaron a romper con barras de hierro que no sé de donde las sacaron, todas las faros eléctricos y señales del recorrido, incluídos los faros rojos traseros del tren.
Por fin llegamos a Cádiz. Cargados con nuestras maletas de madera, no había medios para comprar otras mejores, nos trasladamos al puerto. Allí fuimos metidos, como animales, en las bodegas del barco. Éramos tantos y el ambiente tan irrespirable que pensé “Si sigo aquí me muero”. Saqué afuera mi genio y pensé “estos son todos unos hijos de puta” y con rabía inaudita enfilé escaleras arriba, y ¡como me vería el centinela! que apenas intentó detener mi marcha. Me coloqué en la popa del barco junto con otros que ya no cabían en las bodegas, y allí, al aire libre y en el suelo hice la travesía hasta Melilla.
Lo primero que se vé al llegar es la ciudad vieja asentada en un montículo en el que predomina un fuerte. La impresión fue deplorable. Pero al desembarcar uno se encuentra con una ciudad moderna aunque no muy grande.
Otra vez cargados de nuestras maletas sentimos gran alivio cuando al llegar a una plazoleta el sargento que nos guíaba nos permitió un descanso.
Llegamos a lo que era el cuartel del Batallón de Transmisiones X. Una serie de barracones sitos en la parte superior de la ciudad y frente a un colegio de niños regentado por los Baberos, unos frailes dedicados a la enseñanza parecidos a los Hermanos Maristas.
Las camas eran unos trípodes en los que se apoyaban maderas y encima de éstas un colchón, mejor dicho una funda de tela rellena de esparto. El dormir sobre ellas era cosa de monjes o mejor dicho de reclutas cansadísimos tras muchas horas de instrucción.
Decían que era por los piojos, pero la realidad era humillar a todos para empezar a aceptar la disciplina, el raparnos al cero el pelo. Hoy, gracias a Dios, ese espectáculo sería inaceptable.
En aquella época lo primero que se hacía cuando se compraba una prenda era recoser los botones. No conozco el motivo por el que las fábricas de camisas y otras ropas que los llevaban no fijaban los botones. En aquel tiempo los pantalones de los soldados que llamábamos “ leguis” se ajustaban a la pierna con 6/8 botones .
Como es natural lo primero que hicimos fue recoser aquellos botones. Era un espectáculo ver a unos 100 hombres que integraban la Compañía 102, todos cosiendo al unísono. Muchos de nosotros jamás habíamos tenido una aguja en nuestras manos. Por lo que a mí se refiere, las cosí tan bien y con tanto hilo que, con gran sorpresa, ví como al poco tiempo se desprendían con facilidad. Más tarde aprendí que había que dejar un margen entre la tela y el botón.

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