miércoles, 23 de abril de 2008

Mi vida en Melilla II

Las tablas de las camas estaban en su mayoría rajadas. No me extrañaría que fueran las que usaban los soldados que estuvieron en Marruecos cuando las guerras de Africa, que terminaron con Primo de Rivera en el año 1925. En los intersticios hacían sus nidos miles de chinches, y todos los sábados se dedicaba toda la Compañía a quemar las tablas para destruir los insectos. No lo conseguían, pues cierta noche que hice el servicio de “ Imaginaria “ las chinches corrían por la cara y el cuerpo como si fuese un paseo militar.
Debo aclarar que mientras todos duermen, uno queda vigilante, que es el “Imaginaria”
Se me preguntará cómo era posible que todos durmieran. Y les contesto: todos éramos jóvenes; todos muy cansados por la instrucción, y sobre todo con ilusiones por el porvenir.
Debo aclarar que aquello nos parecía jauja, pues cuando llegamos nos destinaron a un edificio en construcción, sin ventanas, ni mobiliario. Dormíamos en el suelo en colchonetas de esparto, sin almohadas, utilizando para reposar nuestras cabezas las maletas de madera de nuestro equipaje que cubríamos con nuestras ropas.
No había agua. Así que nos daban un litro para llenar nuestras cantimploras que utilizábamos para beber y lavarnos por la mañana. Allí estuvimos durmiendo los dos primeros meses. Nos llenamos de piojos. Unos piojos distintos de los de la cabeza. Estos son negros y pequeños; aquéllos blancos y grandes. No había forma de quitárnoslos de encima a pesar de las duchas que todos los días nos dábamos en el cuartel, porque teníamos un único uniforme del que no podíamos desprendernos
y en sus costuras hacían su hogar los dichosos animalitos.
En el año 1943 la guerra mundial estaba en su apogeo. Se decía que éramos un millón los soldados españoles que protegíamos el Protectorado contra una posible invasión de las tropas americanas. El desembarco de éstos tuvo lugar en el Protectorado francés. Hubo noche que dormíamos con las cartucheras puestas y el fusil junto a la cama.
Hasta que el Caudillo no recibió garantías de que no seríamos atacados, no se bajó la guardia y renació la tranquilidad.
Cierto día, al mes de instrucción, en un descanso, el sargento propuso: “Los que deseen hacer deporte que den un paso al frente”. Casi nadie dio el paso adelante, en la seguridad de que los que lo dieran serían envíados a limpiar las letrinas. Pensé, “¿Y si fuera verdad ¿ Así que dí el paso adelante.A partir de aquel día los 15 que nos atrevimos a tener que limpiar letrinas fuimos rebajados de instrucción y llevados todos los días a la playa donde hacíamos algunos pocos ejercicios gimnásticos, pues el sargento responsable se pasaba la mañana charlando con los pescadores que había por allí remendando sus redes.
Para compensar lo que tenía que ser un enorme desgaste, en realidad ninguno, nos suministraban todos los días un chusco más y una lata de sardinas.
Todo esto se hacía para participar el Batallón de Transmisiones en unas tablas de gimnasia para una competición en la que participaban todos los Regimientos y Cuerpos del X Cuerpo de Ejército. Ni qué decir tiene que fuimos los primeros en ser eliminados. Pero aquel día mi admiración por la Legión creció hasta lo más intenso que se pueda sentir.
Durante el ejercicio que hicieron los legionarios, a uno de ellos se le descubrieron sus partes pubendas. ¡ Ni se meneó! , a pesar de las risitas contenidas de las abundantes jóvenes hijas en su mayoría de los Oficiales allí presentes.y que miraban sin cesar con muy poco recatado disimulo. Hasta que el Teniente no le ordenó taparse, no lo hizo. Entonces comprendí lo que es verdadera disciplina. Desde entonces mi respeto por la Legión es total.

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