martes, 13 de mayo de 2008

Alicante en el año 1945 tenía cien mil habitantes, mucha más cómoda y agradable que la actual ocupada por más de 300.000.-
Era ideal. Había cuatro o cinco cines céntricos y alguno más en los barrios. Se llenaban siempre los sábados y domingos, y mucha gente iba todos los días. Estaba y está el Teatro Principal con funciones todo el año. El teatro fué la principal diversión de nuestros padres; la nuestra ha sido el cine, así como la Televisión, Casettes y otros inventos modernos ocupan con preferencia a nuestros hijos.
Como ya he dicho, las playas completaban nuestra diversión. La de Alicante se llama del Postiguet. Está dentro de la ciudad, al pié del Castillo y para mí es la mejor y menos peligrosa de todas. Va cubriendo el cuerpo muy lentamente y no tiene hoyas ni bajos de ninguna clase. ¡ Cuántas veces descansando de espaldas y mirando al Castillo admiraba la Cara del Moro y las garitas que cuelgan en el precipicio!
Debo aclarar que la Cara del Moro es el perfil del monte y que parece formar una cara muy nítida, admiración de todos los turistas.
La playa de la Albufereta sita 3 kilómetros hacia el Norte también es muy segura. La más gran de todas en la playa de San Juan, a unos ocho kilómetros de la ciudad.
Tiene 9 km. de larga, y en verano hoy día reúne miles de personas. Pero hay que tener cuidado al bañarse, porque junto a la orilla corre, a veces, un verdadero río que casi cubre el cuerpo, mientras que un poco más adentro el agua te llega poco más que a los tobillos.
Todos nos conocíamos. Como nadie tenía dinero los chicos y chicas paseábamos todos los días de 7 a 9 por la Explanada – yo decía que era el mercado – donde unos y otras en cada una de las vueltas nos dirigíamos miradas mas o menos honestas.
Un compañero y amigo, Manolo Loro al salir del trabajo estudiábamos de 7 a 9 de la noche todos los días. De Auxiliares pasamos a Oficiales Segundo y después a Oficiales Primero, en cuatro meses, con la consiguiente mejora en nuestros sueldos.
Muchos días dejábamos de estudiar a las nueve menos cuarto, con el fin de llegar todavía a tiempo a la Explanada para juntarnos a las dos primeras chicas que veíamos solas. Como estábamos en edad casadera todas nos admitían. Se ve que no éramos feos.
A mi, en particular, no me acababa de llegar a gustar verdaderamente ninguna para compartir con ella toda mi vida. Y llegué a pensar: Si no encuentro la mujer con la que sueño, no me caso.
Pero el hombre propone y Dios dispone. Y casamiento y mortaja del Cielo baja.
Cierto día estaba charlando junto al Mercado con un amigo, Laguardia se llamaba, cuando pasó una muchacha alta, esbelta con cara de ángel. iba acompañada por un hombre. ¡ Es natural, pensé yo! Una chica así es imposible que fuera sola.
Pasó algún tiempo y de repente la volví a ver. ¡ Es la mía, dije!.
Me enteré que trabajaba en la Caja de Ahorros del Sureste de España, que así se llamaba la actual Caja de Ahorros del Mediterráneo, y que era secretaria de don Fernando, el Subdirector General.
Un compañero de ella , amigo mío, le habló muy bien de mí. Parece que eso la interesó algo, por eso de ¿Quién será?.
Dejé pasar el tiempo pues no quería patinar y equivocarme.
Pasaron cuatro o cinco mes de esto que os voy a contar.
Cierto día yo iba por la calle Alfonso el Sabio cuando subiendo por la calle las Navas la ví. Nunca había hablado con ella, cuando tuve una inspiración, un presentimiento que me hizo decir para mí mismo ¡ Y pensar que esa mujer será la madre de tus hijos! . Y en el acto, todo mi cuerpo se erizó. Nunca, antes o después, me cuerpo se ha erizado. Tengo la absoluta seguridad que me fue envíada desde el otro mundo. ¡ Era la chica más esbelta y más guapa de Alicante ¡ Y también la más buena. Juntos estamos ya 58 años. Salimos todos los días juntos, charlamos ambos por los codos y no tenemos ni un instante de aburrimiento.
Alguna vez en tanto tiempo hemos discutido. Pero a los cinco minutos ni nos acordamos de la discusión, y además ¿ para qué ¿ ¡ Si fue Dios quien nos unió, y aunque quisiéramos no podríamos separarnos!.
Todos los días, todos, sin dejar ni uno levanto los ojos al Cielo y digo ¡gracias, Señor!.

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