sábado, 10 de mayo de 2008

Tengo que contar también otra experiencia religiosa que me dejó huella y que todavía no he conseguido explicarme. La imagen de la Virgen de Fátima fue traída a España desde Portugal en un trono con blancas palomas vivas que lo rodeaban. Me dijeron que estaba por el barrio del Pla del Bon Repos. Así era. La Virgen la habían entrado al Hospital General que estaba entonces allí situado – estamos hablando del año 1950 más o menos, para que la vieran los enfermos. En la plaza que allí hay me encontré con don José Jurado, un cura muy elegante perteneciente a una familia distinguida alicantina y que era el único que entonces podía fumar tabaco rubio.
Estábamos charlando, cuando se nos acercó una pareja de novios jóvenes – se les veía muy nerviosos -y tartamudeando nos preguntaron: ¿ Dónde está la Virgen?
Estábamos en la playa de la Albufereta, - dista 3 kilómetros de la Capital – cuando se nos apareció la Virgen. La vimos muy claro, y sin duda, mi novia y yo sobre las rocas que hay en la parte de acá y que limitan la playa. Quien primero la vió fue mi novia que me dijo ¡ Mira, la Virgen ¡ . Y yo también la ví, sin duda alguna.
Comprobé que no estaban borrachos, ni locos ni nada. Eran dos jóvenes en todo normales a quienes pregunté ¿ Pero están seguros de lo que dicen?. Y la contestación rápida y segura “ No tenemos la menor duda y por eso estamos aquí. Hemos venido lo más pronto que nos ha sido posible. El cura se mostró muy escéptico y le volví a preguntar al joven ¿ Está Vd. seguro, sin duda alguna, de que era la Virgen?. La contestación rápida “ Estoy seguro del todo” La Virgen estaba sobre las rocas y cuando nos acercamos a éstas, la Virgen se difuminó.
Como me pasó lo cuento, y Dios es testigo que digo la verdad.
Siempre me hubiera gustado hacer un monolito en las rocas de la Albufereta.
Hay una Ermita en el Castillo de Santa Bárbara donde la imagen de la Virgen iba a pasar la noche. Emocionado y alterado por lo que acabo de contar me ofrecí a ayudar a la Misa que el párroco de la Ermita iba a celebrar a las doce de la noche.
El sacerdote comenzó las confesiones a las 11 de la noche, y continuó confesando pasadas las doce que era la hora de la Misa, y le dio la 1 cuando comencé a ayudarle a revestirse para celebrarla. Mientras le ayudaba ví que le corrían en silencio múltiples lágrimas, y sorprendido le pregunté ¿ Qué le pasa, padre, está Vd.enfermo?. No,- me contestó,- es que acabo de asistir a un milagro. Han durado

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio