viernes, 9 de mayo de 2008

A los pocos días de llegar a Alicante me incorporé a la Congregación Mariana de los Jesuitas. Como ví anunciados unos ejercicios espirituales que tendrían lugar en el convento de los Jerónimos, de Murcia, me apunté a ellos. Se hacía durante siete días una vida monacal, en silencio, y cada uno en su celda,
Es una experiencia inolvidable. Hay tiempo para reflexionar sobre todo lo divino y humano; sobre tu pasado, tu presente y tu futuro. Hacer borrón y cuenta nueva, y dirigir el motor de tu vida hacia metas más serias, más transcendentes, y más importantes. En definitiva te sientes un peso pesado capaz de grandes cosas y de ser más útil a los que te rodean y a toda la sociedad.
Todo el mundo debiera tener esta experiencia; no sólo los católicos, sino los librepensadores, los masones, y como no, los comunistas, aunque después del fracaso del comunismo en todos los países donde se llegó a implantar, la miseria que ha generado en todos ellos, los asesinatos, la chulería de sus clases dirigentes y el derribo del muro de Berlín que fue la fotografía que daba vida real al fracaso, ya no quedan comunistas, y si queda alguno es un verdadero gilipollas. La idea original es muy buena. Como todo es del Estado y éste se ocupa de cubrir todas las necesidades desaparecerán todos los explotadores y no habrá más miseria. ¡Qué bonita teoría! En todos los conventos de España está establecido el comunismo. Pero el egoísmo de la gente normal y la falta de interés en el trabajo, ya que nada es tuyo, te importa un pito todo lo demás, que ni lo cuidas ni lo aumentas, el fracaso del sistema está cantado de antemano. Sólo se mantiene en dos países en todo el mundo a base de cárceles y asesinatos, y por el egoísmo de sus clases dirigentes que dicen ¡ Yo estoy bien! Los demás que se fastidien.
Y ahora una anécdota que me causó profunda impresión. Regresábamos de los Ejercicios y al llegar a las primeras casas de la ciudad en el barrio de La Florida de Alicante mi amigo Manolo Capdepón señalando a un individuo que caminaba sobre una acera me dijo: “ Ves a ese que va por ahí “. ¡Ese es el que asesinó a mi padre cuando empezó la guerra! . Una ola de indignación se apoderó de mí y le dije: Vamos a echarle mano; que pare el autobús. Con serenidad sublime me tranquilizó; “ Estate quieto, yo y toda la familia hace ya mucho tiempo que le hemos perdonado “. Desde entonces admiro a este hombre que sigue siendo buen amigo después de 60 años. Pero sigo pensando que ser de verdad católico es muy difícil, muy difícil y poner la otra mejilla como nos enseña Cristo, en la práctica muy pocos somos verdaderos cristianos.

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