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CICERON y LA MALLA DE EDDINGTON
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SÁN CHEZ CÁ~1ARA
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«La religión no es enemiga de la razón ni de la ciencia. No existe un solo “O’IflOOlllleéilí:cuadriláteros de tres pulgadas. De~ argumento científico contra la existencia de Dios, y sí algunos filosóficos a8’Up;~”jlféafu1tpkrlm\ichas criaturas marinas con Sl
favor, aunque no quepa quizá una estricta demostración de su existencia. La cOllCiliYÓqtie en el mar profundo no existen]
ciencia es ajena a la religión, pero tal vez más aliada que enemiga» de menos de tres pulgadas de longitud. La r
la ciencia sólo atrapa un tipo de verdades, pe es capaz de atrapar las verdades del espíritu.
9HP ‘-‘impide la dimensión de la malla de su red, E car por qué el universo tendría que haberse inléi@ll::l -cm Su objeto y su método. Por lo demás, la afi do precisamente de ese modo, excepto comolln:’ :::’ciónde que sólo existe lo que estudia la físi, acto de un Dios con la intención de crear seres’, ‘puede pertenecer a la física La negación de 1: como nosotros». ‘. táflsica es, ella misma, metafísica. Un poco (
La religión no es enemiga de la razón ni de la ‘Íiócimiento quizá aleje de Dios; mucho, aCE ciencia. No existe un solo argumento científico Él:’Sila cienCia no erosiona la creencia reli¡ contra la existencia de Dios, y sí algunos filosófi- mucho menos lo hace la filosofía.
cos a su favor, aunque no quepa quizá una estricta demostración de su existencia La ciencia es ajena a la religión, pero tal vez más aliada que enemiga. El universo es insondablemente misterioso, y la ciencia no disipa el místico l11i§féfí@;’EI biólogo
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A religión no es el opio, sino el alma , del pueblo. Y un pueblo sin alma es un pueblo desalmado. Toda crisis profunda es religiosa. Acaso uno de los ma. yores errores de nuestro tiempo sea la creencia, relativamente extendida, de
que la religión es superstición enemiga de la cien-
cia, y que su presencia pública es indeseable en una democracia. No creo equivocado pensar que la crisis que vivimos y padecemos es, en su raíz, religiosa.
Nunca ha habido una gran política sin el poder
unificador de la religión. Tal vez, laitini~: dad de España sólo comenzó a resqM.ªf¡B ‘) brajarse cuando se quebró la uniI:Uíd’re’::’ ,: en ligiosa Las conquistas deRom~f~fii:eD~i”f, ron posibles bajo el estíñl.ffiÓ (ieHilip’úlS&’Id ( religioso. Cicerón afirmO:&&éIR>gJf~9 nos no habían superado §~afi:rAI€Jft Bl
población, ni a los galosénií’l-ight,l)lJJá’O Grecia en arte, «pero en piedaa,’ewdí:P’é voción religiosa hemos superado atadas las razas y naciones». Y Virgilio, en su Eneida, atribuye al mítico fundador de Roma la condición de piadoso y devoto: «PiusAeneas». Como ha afirmado Robert Hugues, no ha existido probablemente una civilización en la que los imperativos religiosos estuvieran tan involucrados con las intenciones políticas como en los comienzos de la Roma republicana. Para encontrar algo parecido quizá haya que avanzar hasta los im-
perios de España e Inglaterra, conven-
cidos de que Dios estaba de su parte, o, más recientemente, hasta la nueva Jerusalén fundada en las colonias de Norteamérica
Si la religión no es enemiga de la gran política, tampoco lo es de la ciencia. Hace unas semanas, una crónica periodística empezaba refiriéndose al conflicto entre los científicos y los hombres de fe, como si no fuera posible reunir las dos condiciones en la misma persona. Lea el atento lector el excelente libro de Antonio Fernández- Rañada, Los científicos y Dios, donde, en contra del estereotipo, se prueba que la mayoría de los grandes científicos vivieron seducidos por el enigma de Dios, y que muchos de ellos fueron fervientes creyentes. Incluso Stephen Hawking, quien recientemente afirmó, afirmación por lo demás carente de base cientifica, que el cielo no existe ni tampoco un dios creador, sino que es un cuento de hadas para los que tienen miedo a la muerte, escribió en Una breve historia del tiempo que «sería muy difícil de expli-
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‘. ‘ 19unos cristianos pensaron hace 1 das, agitados por el vendaval de la r que el tema del tiempo era el diáloÉ
re cristianismo y marxismo. Ha) resulta añejo y superado. El verd¡
diálogo es con la ciencia, y, en gel lo que no es idéntico, con la razón razón más allá de la razón cientí técnica. Incluso hay razón en el ~ to de las emociones y los sentimi¡ y en el orden de los valores.
La filosofía, como sostuvo Mair des, es «guía de perplejos o desc¡ dos». Vivimos tiempos de OsCUl porque sentimos alergia a la luz) go a la caverna platónica. La cri: económica, pero es mucho más y La crisis es política e institucional es mucho más y peor. La crisis e~ ral, pero, incluso, es mucho más y En el fondo, la crisis es religiosa degger afirmó que sólo un dios 1 salvamos. Aunque acaso no fuera e
_ en el que él pensaba, quizá lleval
JAVIER MUNOZ zón. No es extraño que todo mar
la deriva cuando se niegan la razó fundamento.
Ningún pueblo ha hecho nada grande en 1 toria sin religión. Ningunaverdad filosófica o tífica puede derribar una creencia religios ciertamente, la verdad religiosa puede asp erigirse en verdad filosófica y científica. A’ los grandes problemas políticos y económic( penden de sutiles y profundas cuestiones fi ficas. La piedad ciceroniana incluía la vener: de los antepasados y de sus creencias, el re: por la autoridad de la tradición, el culto a lo ses y la conciencia del deber. La red de EddiJ nos enseña que la ciencia no puede apresar píritu porque el tamaño de su malla se lo irr La crisis actual es una crisis de la verdad. A~ lo enseñan, entre otros, Cicerón y la mal Eddington.
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inglés John B. S. Haldane afirmó: «Sospecho que el universo no sólo es más mist~rioso de lo que suponemos, sino incluso más de lo que’podemos suponer». Dios, si existe, como creo, no pertenece al mundo natural. La ciencia no puede responder a las grandes preguntas de la existencia humana porque ni siquiera se las plantea. No se puede encontrar el espíritu si se le busca en la naturaleza La ciencia ni afirma ni niega la existencia de Dios. No es ese su problema. Einstein lo resumió así: «La ciencia sin religión es coja; la religión sin ciencia es ciega».
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s un falso prejuicio creer que la ciencia es el único modo de conocimiento. Y más, falso aún negar todo aquello a lo que la ciencia no alcanza El científico Arthur Edding
ton ilustró esta idea con una profunda y pertinente fábula. Un hombre se propuso estudiar la vida submarina utilizando una red formada por una
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IGNACIO SÁNCHEZ CÁI CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DEL DER
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