sábado, 26 de abril de 2008

Melilla IV

MI ESTANCIA EN MELILLA IV

Mi estancia en Melilla duró 36 meses, demasiado tiempo para un joven.
Me sentía preso, aislado e indefenso, sujeto a un Código Militar que te ataba de pies y manos contra lo que nada podías hacer.
Menos mal que la comida era buena y abundante dentro de la calidad de lo que es un rancho militar.
No se me olvidará cuando a los 11 meses se me dio mi primer permiso para ir a Alicante ciudad en la que residían mis padres. Cuando mi madre sirvió la comida, ésta consistía en un plato de verdura frita. Mi sorpresa saltó al comprobar que eran ¡ peladuras de judías verdes ¡ Y ante la pregunta ¿Qué es esto?. La contestación rápida ¡ No hay otra cosa ¡ . Pero que crees? Las dificultades para encontrar comida son muy grandes. Fueron los terribles años de la post-guerra, la maldita post-guerra civil agravada y mucho por la guerra internacional que duró hasta el año 1945.
Al incorporarme al Ejército en 1943 todavía estaba en fila la quinta de 1937. Es decir que nos juntábamos los soldados de siete quintas. Siempre me extrañó que el Gobierno mantuviese tantos soldados en filas, con lo que esto aumentaba el presupuesto. Al pasar los años comprendí que el motivo fuese mantener al menos alimentados a tantos jóvenes que pasarían hambre al licenciarlos dada la escasez de empleos y la consecuencias de protestas y manifestaciones que la dictadura querría a toda costa evitar.
No había uniformes para reponer los gastados y sucios que llevábamos después de varios meses. Me enteré por el cabo furriel que había 4/5 uniformes disponibles para casos excepcionales ante la posible visita de inspección de una jerarquía superior. Y pensé ¡ Voy a intentar conseguir uno!
El Capitán Mayor era un gran militar que siempre había estado en la Legión.
Después del saludo de rigor le dije “ Mi capitán: He venido desde Valladolid a Melilla a servir a mi Patria, lo que hago a gusto. Pero mire este uniforme ¿Vd. cree que hay derecho que una persona decente pueda llevarlo?. El Capitán comprendiendo mi punto de vista, sonrió y sacando una naranja del cajón – que estaría con la comida que todos los días le llevaban a probar – me la dio diciendo “Vete, que ya estás bien atendido”. A mi vez sonreí con afecto, y tras un respetuoso saludo, me marché sin el soñado uniforme.
Había en Mayoría un sargento que todo el Batallón le apodaba “Pinchauvas” no me preguntes porqué.
Cierto día entró en la primera oficina, y me dijo: Van a trasladar 80 soldados del Batallón, a otro de Infantería en Bétera ( Valencia). Como tú eres de Alicante ¡Porqué no le pides al Capitán Mayor ( su Jefe) que nos destine a ti y a mí para llevarlos a su destino?. Debía yo tener más prestigio del que suponía, cuando un sargento me pedía hacer esta petición. Así que la hice al Capitán Mayor con la excusa de que así podría ver a mis padres y ¡ cuál no sería mi sorpresa cuando el sargento “pinchauvas” – ignoro su nombre – y yo fuimos destinados a tal cometido.
Llevamos los soldados a Bétera. Yo me fui a mi casa y él no sé dónde, fijando nuestro encuentro en Málaga en una determinada fecha, a fin de embarcarnos de regreso a Melilla.
De Alicante a Granada se tardaba un día entero. Yo con mi fusil al hombro entre los demás viajeros. Hice noche en Granada. Recuerdo que el dueño de la pensión me despertó diciendo “ chacho, chacho” ya es la hora, y mi fusil conmigo a la cabecera de la cama
Llegué al encuentro con el sargento a Málaga sin que nadie, pero nadie, me preguntara porqué iba solo con un fusil al hombro, a pesar de ser una severa dictadura la que nos gobernaba. 40 años duró y puedo afirmar que ni de militar ni de paisano habiendo viajado por toda España y visitado todas sus Capitales en tan extenso tiempo, nunca ninguna autoridad o policía me pidió la documentación.
Fue siempre una Dictadura blanda, excepto para los Comunistas tratados con la mayor dureza al igual que si fueran demonios.
También fueron tratados muy dúramente los Masones que ahora, en el año 1985 que escribo estas líneas parece que han vuelto a levantar la cabeza y gallear. Se dice que este Gobierno que preside Zapatero está regido por ellos. Ya veremos.

Un domingo asistía a Misa acompañado de una chica. Lo pasé horrible, ya que los piojos me corrían por la pantorrilla, y pensé “ Si ella lo supiera”
Después de seis meses habíamos logrado desembarazarnos de los piojos.
Cierto día se me informó, como Cabo de la Compañía de Destinos, que el ciclista seguía teniendo miseria. Le advertí muy seriamente que se duchase más a menudo.
Era una excelente persona. No volví a recibir quejas de él.

Fue muy gratificante conocer tanta gente y tan diferente. Procedíamos de todas las provincias de España, sin excepción, pues cada provincia tenía un cupo que obligatoriamente tenía que destinar a nuestro Batallón.
De todos ellos, los valencianos nos parecían los más raros. Formaban un clan separado, hablaban en valenciano, se peleaban y tenían en general mala uva.
Leyendo a Blasco Ibáñez quizá se pueda comprender lo que acabo decir.
Después de 60 años viviendo en Alicante, ya los conozco mejor. No son tan mala gente como en principio creía, aunque sí individualistas y despreocupados. Aquí en Alicante hay un dicho “ YU YA” seguido de un encogimiento de hombros.
No eran así los catalanes. Buena gente y buenos compañeros. Hice amistad con varios de ellos.
Había gente para todo. Formaba parte de nuestro grupo un tal Bustillo, gallego.
Cierto día nos dijo “ Tengo una novia mora”. Como no disponíamos de tiempo libre, no podíamos imaginar cómo la había conocido. La novia le daba trozos enormes de jamón y “ jalufo” – tocino – que asábamos en la fragua y comíamos acompañados de buen vino. Lo pasábamos bomba.
Las casas particulares que había al otro lado de la calle, eran plantas bajas con un balconcillo de un metro de altura hasta la acera. Un día vimos saltar por el balconcillo a dos chicas moras, elegantemente vestidas, altas y esbeltas, el rostro cubierto por un velo traslúcido que resaltaba su belleza. Las seguimos por todo Melilla con la esperanza de saber qué se traían entre manos, que no sería nada bueno. Después nos dio vergüenza y las dejamos marchar. Su moro marido no me extrañaría tuviese la cerviz astillada.
En unas maniobras de todo el Cuerpo de Ejército pasamos muchísima sed. Se decía que algunos habían llegado a beber orines de los caballos, pero no lo creo.
El Jefe tenía en su tienda de campaña un barrilito con agua. Aprovechando su ausencia y jugándomela entré y me bebí un vaso que podía haberme costado un mes de calabozo.
Y aquí una anécdota increíble. Unos éramos Radios, otros Heliógrafos(espejos), otros Telefónicos, otros se ocupaban de las palomas mensajeras y de las mulas.
Dormíamos en el suelo cerca de la tienda del Jefe diez o doce de la Compañía de Destinos. Yo, que era Radio, no sabía ni papa, pues había dado tres o cuatro lecciones de Morse nada más antes de ser destinado a la Primera Oficina. A los demás les pasaba lo mismo.
Llegaban al General Jefe y demás tiendas, 8 líneas telefónicas con cables gordos como un puño.
Serían las dos de la mañana cuando un Ordenanza me despertó con la petición de que me presentara al Jefe. Se le veía muy nervioso. Coja varios soldados, me dijo, y arregle las líneas telefónicas que se han estropeado. ¡Este hombre está loco! pensé•
¿ Qué sabemos nosotros de líneas telefónicas?. ¡ A sus órdenes!, fue la contestación
Desperté a varios de mis amigos informándoles de la orden recibida. Venga, hombre, déjanos en paz, pretendiendo volver a dormir. No tuve más remedio que usar mis galones de Cabo y dándoles puntapiés y cabreado logré sacarlos al fresco de la noche. Caminamos por aquellos desiertos descampados unas dos horas, pidiendo al Cielo su protección ante la atenta mirada de las estrellas. Decidí volver e informar que no habíamos podido conseguir arreglar la avería. ¡ Cuál no sería mi alegría cuando al llegar se me informó que la línea ya funcionaba arreglada por empleados de la Compañía Telefónica y que podíamos acostarnos!
Dí muchas gracias al Señor Dios de los Cielos por haberme sacado del gran apuro en que las circunstancias me habían metido. ¡ Se trataba del éxito o del fracaso de las maniobras militares de todo el X Cuerpo de Ejército ¡ Unos 100.000 hombres.!
Quizás.
Solamente se puede comprender lo sucedido por la cabeza cuadrada que mi sobrina dice tienen todos los militares.
Podría escribir algunas cosas más, pero son desagradables. No merece la pena contar como algunos – pocos, por suerte – hacían su agosto durante el mes de cocina y atros utilizaban Machacantes que en algunos casos lavaban los platos o hacían la compra de estos inmorales.

El Banco Español de Crédito, me pagaba el 50% del sueldo, que para mí era suficiente y sobrante para mis necesidades. Trabajé en las oficinas de Melilla media jornada algunos meses, pocos, para cobrar el l00%, pero lo dejé. Al no compensarme el mucho trabajo que me reservaban. No merecía la pena tampoco aguantar algún Jefe imbécil que allí había.

Aproveché que daban permisos cuatrimestrales por estudios para irme a mi casa,
donde llegó mi licenciamiento.

miércoles, 23 de abril de 2008

Mi vida en Melilla II

Las tablas de las camas estaban en su mayoría rajadas. No me extrañaría que fueran las que usaban los soldados que estuvieron en Marruecos cuando las guerras de Africa, que terminaron con Primo de Rivera en el año 1925. En los intersticios hacían sus nidos miles de chinches, y todos los sábados se dedicaba toda la Compañía a quemar las tablas para destruir los insectos. No lo conseguían, pues cierta noche que hice el servicio de “ Imaginaria “ las chinches corrían por la cara y el cuerpo como si fuese un paseo militar.
Debo aclarar que mientras todos duermen, uno queda vigilante, que es el “Imaginaria”
Se me preguntará cómo era posible que todos durmieran. Y les contesto: todos éramos jóvenes; todos muy cansados por la instrucción, y sobre todo con ilusiones por el porvenir.
Debo aclarar que aquello nos parecía jauja, pues cuando llegamos nos destinaron a un edificio en construcción, sin ventanas, ni mobiliario. Dormíamos en el suelo en colchonetas de esparto, sin almohadas, utilizando para reposar nuestras cabezas las maletas de madera de nuestro equipaje que cubríamos con nuestras ropas.
No había agua. Así que nos daban un litro para llenar nuestras cantimploras que utilizábamos para beber y lavarnos por la mañana. Allí estuvimos durmiendo los dos primeros meses. Nos llenamos de piojos. Unos piojos distintos de los de la cabeza. Estos son negros y pequeños; aquéllos blancos y grandes. No había forma de quitárnoslos de encima a pesar de las duchas que todos los días nos dábamos en el cuartel, porque teníamos un único uniforme del que no podíamos desprendernos
y en sus costuras hacían su hogar los dichosos animalitos.
En el año 1943 la guerra mundial estaba en su apogeo. Se decía que éramos un millón los soldados españoles que protegíamos el Protectorado contra una posible invasión de las tropas americanas. El desembarco de éstos tuvo lugar en el Protectorado francés. Hubo noche que dormíamos con las cartucheras puestas y el fusil junto a la cama.
Hasta que el Caudillo no recibió garantías de que no seríamos atacados, no se bajó la guardia y renació la tranquilidad.
Cierto día, al mes de instrucción, en un descanso, el sargento propuso: “Los que deseen hacer deporte que den un paso al frente”. Casi nadie dio el paso adelante, en la seguridad de que los que lo dieran serían envíados a limpiar las letrinas. Pensé, “¿Y si fuera verdad ¿ Así que dí el paso adelante.A partir de aquel día los 15 que nos atrevimos a tener que limpiar letrinas fuimos rebajados de instrucción y llevados todos los días a la playa donde hacíamos algunos pocos ejercicios gimnásticos, pues el sargento responsable se pasaba la mañana charlando con los pescadores que había por allí remendando sus redes.
Para compensar lo que tenía que ser un enorme desgaste, en realidad ninguno, nos suministraban todos los días un chusco más y una lata de sardinas.
Todo esto se hacía para participar el Batallón de Transmisiones en unas tablas de gimnasia para una competición en la que participaban todos los Regimientos y Cuerpos del X Cuerpo de Ejército. Ni qué decir tiene que fuimos los primeros en ser eliminados. Pero aquel día mi admiración por la Legión creció hasta lo más intenso que se pueda sentir.
Durante el ejercicio que hicieron los legionarios, a uno de ellos se le descubrieron sus partes pubendas. ¡ Ni se meneó! , a pesar de las risitas contenidas de las abundantes jóvenes hijas en su mayoría de los Oficiales allí presentes.y que miraban sin cesar con muy poco recatado disimulo. Hasta que el Teniente no le ordenó taparse, no lo hizo. Entonces comprendí lo que es verdadera disciplina. Desde entonces mi respeto por la Legión es total.

viernes, 18 de abril de 2008

Mi vida en Melilla I

MI VIDA EN MELILLA I
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Allá por el mes de Marzo de 1943 acudieron mi padre y madre, apesadumbrados, a despedirme a la estación del ferrocarril de Valladolid. Eramos más de mil, cargados en vagones de mercancías, apiñados, en un tren con destino a Cádiz.
La duración del viaje fue de dos días. Había con gran frecuencia que parar y dejar paso a los trenes ordinarios de viajeros y mercancías.
En la estación de Valladolid todo era cantos y bromas pero a medida que el tren avanzaba esa ficticia valentona alegría se fue diluyendo y aparecían rostros, unos de tristeza y otros serios, todos con preocupación ante lo incierto que el porvenir nos deparaba.
Nuestra única comida en aquellos dos días fue pan y latas de sardinas. El cabreo era tal y en increscendo, que algunos se dedicaron a romper con barras de hierro que no sé de donde las sacaron, todas las faros eléctricos y señales del recorrido, incluídos los faros rojos traseros del tren.
Por fin llegamos a Cádiz. Cargados con nuestras maletas de madera, no había medios para comprar otras mejores, nos trasladamos al puerto. Allí fuimos metidos, como animales, en las bodegas del barco. Éramos tantos y el ambiente tan irrespirable que pensé “Si sigo aquí me muero”. Saqué afuera mi genio y pensé “estos son todos unos hijos de puta” y con rabía inaudita enfilé escaleras arriba, y ¡como me vería el centinela! que apenas intentó detener mi marcha. Me coloqué en la popa del barco junto con otros que ya no cabían en las bodegas, y allí, al aire libre y en el suelo hice la travesía hasta Melilla.
Lo primero que se vé al llegar es la ciudad vieja asentada en un montículo en el que predomina un fuerte. La impresión fue deplorable. Pero al desembarcar uno se encuentra con una ciudad moderna aunque no muy grande.
Otra vez cargados de nuestras maletas sentimos gran alivio cuando al llegar a una plazoleta el sargento que nos guíaba nos permitió un descanso.
Llegamos a lo que era el cuartel del Batallón de Transmisiones X. Una serie de barracones sitos en la parte superior de la ciudad y frente a un colegio de niños regentado por los Baberos, unos frailes dedicados a la enseñanza parecidos a los Hermanos Maristas.
Las camas eran unos trípodes en los que se apoyaban maderas y encima de éstas un colchón, mejor dicho una funda de tela rellena de esparto. El dormir sobre ellas era cosa de monjes o mejor dicho de reclutas cansadísimos tras muchas horas de instrucción.
Decían que era por los piojos, pero la realidad era humillar a todos para empezar a aceptar la disciplina, el raparnos al cero el pelo. Hoy, gracias a Dios, ese espectáculo sería inaceptable.
En aquella época lo primero que se hacía cuando se compraba una prenda era recoser los botones. No conozco el motivo por el que las fábricas de camisas y otras ropas que los llevaban no fijaban los botones. En aquel tiempo los pantalones de los soldados que llamábamos “ leguis” se ajustaban a la pierna con 6/8 botones .
Como es natural lo primero que hicimos fue recoser aquellos botones. Era un espectáculo ver a unos 100 hombres que integraban la Compañía 102, todos cosiendo al unísono. Muchos de nosotros jamás habíamos tenido una aguja en nuestras manos. Por lo que a mí se refiere, las cosí tan bien y con tanto hilo que, con gran sorpresa, ví como al poco tiempo se desprendían con facilidad. Más tarde aprendí que había que dejar un margen entre la tela y el botón.

viernes, 11 de abril de 2008

Mi estancia en Valladolid IX

Ni Revoluciones, ni Patrias de un partido político, y mucho menos Religiones deben ser motivo de guerras, de matanzas, de asesinatos.

El espectáculo de esa parte del ISLAM que justifica el asesinato y el suicidio en nombre de Dios es deplorable. La bondad infinita de Dios o Alá, no lo pueden permitir.
Me impresiona la caradura de aquel padre que dijo – ante el cadáver de su hijo autoinmolado – tengo nueve hijos más, ojalá que todos hagan lo mismo. Pero sinvergüenza, porqué no te inmolas tú, cretino. Y lo mismo hacen los curas de esa religión. Con sus largas vestiduras, parecidas a las sotanas de nuestros sacerdotes, incitan a sus fieles a matar o autosuicidarse. ¡ Qué poco conocen a Alá! Dios es amor; nos ha hecho a todos en su pensamiento desde el principio de los tiempos, y después nos ha dado la vida. ¡ Cómo algunos se atreven a quitarla!? Y menos aún, usando su santo nombre.
No han evolucionado. Se parecen como una gota de agua a los cristianos de la Edad Media. Recordemos Las Cruzadas.

Ya poco más puedo decir de mi estancia en Valladolid. Son gentes de fuertes convicciones, honestos, cumplidores de sus deberes, de su trabajo, de su casa, de sus hijos. Con decir gentes castellanas, basta. Son España.

Allí se formó mi carácter. Gracias Valladolid.

Poco a poco llegó el año 1943, donde fui llamado a filas. En el sorteo me tocó Africa, Melilla de cuya estancia daré cuenta seguidamente.

¡Adiós, Valladolid!

lunes, 7 de abril de 2008

Mi estancia en Valladolid VII

Hay un dicho en Castilla que reza así: “ Nueve meses de INVIERNO y tres de INFIERNO”. Puedo asegurar la certeza total de este DICHO. Luchar contra el invierno era difícil, no así en verano contra el calor. El río Pisuerga nos ofrece sus aguas para nadar, de puente a puente. Puedo asegurar que es inolvidable experiencia nadar bajo el puente Colgante porque impone ver encima esa gran armadura de hierros y cemento. Es agradable bañarse en el Canal de Castilla cuyo cauce no llega a cubrir la altura de una persona normal, a no ser por el limo que hay en el fondo, y lo es menos en La Esgueva por su pequeño caudal.

Transcurría el año 1939 y la guerra continuaba. En la retaguardia se vivía muy bien y en paz y como el egoísmo humano es tan grande, algo alejados de las noticias del frente y de las inútiles muertes que a un lado y al otro todos los días sucedían.
Pero amigos; en Agosto de 1939 yo cumplía 18 años, a cuyo edad se movilizaba a los jóvenes y se les envíaba a las trincheras. Os puedo asegurar que el egoísta desinterés se transformó en un interesado MIEDO con mayúsculas, que aumentaba sin cesar a medida que iban pasando los meses. Creo que ya he contado que el Regimiento San Quintín – la Incubadora – que era el de Valladolid envíaba los jóvenes a la guerra, de la que algunos al mes de salir volvían para ser enterrados. Si alguien me lee no dudará en lo justificado de mi miedo.

Tuve la fortuna que el 1 de Abril de aquel año se leyó el último parte: “ESPAÑOLES, LA GUERRA HA TERMINADO”.

NUNCA, NUNCA MAS, debéis los españoles oir las voces insensatas que llamen a la lucha. Quien esto haga,!Maldito sea!. La guerra es la acumulación de todos los males, de todos los infortunios, de todas las desgracias.