Mi estancia en Valladolid VI
Fueron aquellos años muy duros y a nadie se los deseo. Mientras duró la guerra,
en la Zona Nacional no escasearon los alimentos de primera necesidad. Estábamos bajo la Ley Marcial . El orden en todos los aspectos era total y el nivel de vida aceptable; pero al terminar en el año 1939 hubo que enviar a la Zona Roja (que ahora le llaman impúdicamente zona republicana, y digo impúdicamente por que allí ni había libertad ni democracia) alimentos de todas clases ante el hambre y escasez allí reinantes, por ser zona la oriental con preferencia industrial, aparte del desorden allí reinante con milicianos de todos los partidos y luchas intestinas de socialistas, comunistas, anarquistas y muchos istas más. Por ello en la Zona Nacional el año 1941 fue el peor. Siempre lo recordaré como el “año del hambre”.
Aprovechamos un permiso que le dieron a mi padre para venir a casa – ya dije que estaba en el frente reparando líneas telefónicas – y nos fuimos mi padre, mi hermano y yo caminando a un pueblo que está a 8/10 kilómetros al Norte de Valladolid. Nos enteramos que allí vendían “muelas” también llamadas guijas, que son una legumbre o especie de legumbre que normalmente se destina a forraje para el ganado. El agricultor que las vendía nos hizo primero limpiarlas en una gran máquina que trabajaba manualmente, y al precio entonces enorme de 2 ptas/kilo, cargamos a hombros cada uno de nosotros con l2/14 kilos.
El problema grande lo podíamos tener al llegar a la ciudad. Entonces existían los fielatos – donde se controlaba la llegada de toda clase de mercancías en cada ciudad y se pagaba un impuesto por ello - y allí nos podían requisar los sacos por que estaba prohibido y muy castigado la obtención de comida fuera de la que se conseguía con las cartillas de racionamiento. Ya era de noche cuando llegamos cansadísimos a las puertas de la ciudad y tuvimos la gran fortuna de que los funcionarios del fielato estaban controlando un camión allí aparcado y protegidos por el camión pasamos inadvertidos. Respiramos satisfechos cuando bajo la cama depositamos la legumbre por la que tanto habíamos luchado. Y digo bajo la cama por que se decía que había inspecciones en los domicilios, cosa que nunca pude comprobar ni en mi casa ni en las de mis vecinos.
Otros viajes hizo el pobre de mi padre para conseguir patatas y dejarnos medio provistos antes de volver al frente de batalla.
Desde entonces profeso una asentada antipatía hacia los agricultores que hicieron su agosto a costa del hambre de los demás. No puedo evitar levantar los hombros cuando se quejan. Por cierto lo hacen por todo. Por que no llueve; por que llueve mucho; por que la cosecha se ha secado; por que es excesiva; por que no hay subvenciones; porque unos tienen y otros no etc.etc. Las camas de acero o de hierro se pusieron entonces de moda, y los únicos que llegaban a ellas eran los agricultores
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